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Bercianos de Aliste: mi reportaje del Santo Entierro de 2017

Cámara, bocata y ganas de foto

Mi primera visita al Santo Entierro de Bercianos de Aliste, en 2017: la multitud, la espera junto al cementerio y unas fotografías muy especiales.

No me gusta conducir. Y conducir sola por carreteras comarcales me da un poquito de miedo. Pero en 2017 tenía tantas ganas de fotografiar el Santo Entierro de Bercianos de Aliste que cogí el coche y me fui yo sola hasta allí.

Nunca había estado en ese pueblo. No conocía la procesión. Tampoco tenía muy claro qué me iba a encontrar al llegar. Llevaba la cámara, agua y un bocadillo. Las ganas hicieron el resto.

Mereció la pena.

Han pasado años y no conservo todos los detalles de aquel día. Sí recuerdo la cantidad de gente, mi decisión de adelantarme hasta el cementerio y la sorpresa de haber elegido un sitio estupendo para hacer fotos sin conocerlo. Estoy muy contenta con aquel reportaje. Y eso que empezó con un panorama bastante distinto del que había imaginado.

Una plaza llena de gente y de cámaras

Cuando llegué, Bercianos estaba lleno de gente. Y de fotógrafos. Pero cuando digo muchos, digo muchísimos. Por momentos me parecía que había casi más personas con cámara que sin ella.

Y me sentí mal por ser una más. Había ido con tantas ganas de hacer fotografías que encontrarme con aquella cantidad de cámaras me produjo una sensación muy extraña. Me dio por pensar en la gente del pueblo, en cómo se sentirían al ver a tantos extraños ocupando su espacio. Sentía que estábamos estorbando todos. Que les habíamos invadido. Era como una invasión de fotógrafos, y yo formaba parte de ella.

Fue muy fuerte. No sé cómo lo vivían los vecinos ni si otros años ocurre lo mismo: yo solo he ido aquella vez. Pero me preguntaba si tener que pasar por aquello cada año no acabaría siendo una tortura para la gente del pueblo. Esa era mi preocupación mientras intentaba hacer las fotos.

Intenté ver el Descendimiento en la plaza junto a la iglesia de San Mamés. Estaba hasta arriba. Me fui metiendo entre la gente e hice unas cuantas fotografías como pude. No conseguí cubrir el acto como me habría gustado.

El Sermón del Descendimiento precede al Santo Entierro, que se celebra el Viernes Santo por la tarde. Durante el rito se baja de la cruz una imagen articulada de Cristo, se presenta ante la Dolorosa y se coloca en una urna. Después comienza la procesión. Ese es el contexto de las pocas fotografías que pude hacer allí.

Miré el panorama y cambié de plan. Sabía que llevarían al Cristo hasta el entorno del cementerio. Si quería fotografiar la llegada, podía adelantarme con muchísimo tiempo.

Y eso hice.

El camino hacia el Calvario

Cogí el camino y me fui al cementerio. Como llevaba mi bocadillo y agua, no necesitaba buscar un sitio para comer. Me parecía una solución bastante práctica: buscar un lugar, sentarme y esperar.

Ahora puedo poner nombre al trayecto que entonces hice sin conocer el pueblo. Es el Vía Crucis hacia el Calvario, junto a la entrada del cementerio. El acuerdo que declaró estas celebraciones Bien de Interés Cultural en 2014 sitúa ese recorrido por la carretera de Palazuelo.

Al llegar, recuerdo encontrarme solamente a un hombre que estaba encargado del cementerio, supongo que del ayuntamiento. Busqué un sitio desde el que pudiera ver llegar la procesión y hacer fotos sin estorbar.

Me senté en el suelo, me comí el bocata y esperé.

Ese rato forma parte del reportaje tanto como las fotografías. Había salido de una plaza en la que apenas podía moverme y estaba esperando a un cortejo que todavía no sabía cómo iba a quedar delante de mi cámara. Había elegido el lugar por intuición. Faltaba ver si había acertado.

La llegada que no sabía cómo iba a fotografiar

Cuando llegó la procesión me llevé una alegría. Había elegido bastante bien. Para no haber estado allí nunca, tenía una perspectiva muy buena para hacer las fotos.

De aquel momento salió buena parte del reportaje. Muchas de las imágenes son del entorno del cementerio. La cantidad de gente en el pueblo me había hecho buscar otra posibilidad, y esa decisión acabó dando forma a las fotografías de aquella tarde.

Fue también el año en que fotografié los preparativos del Espíritu Santo dentro de su iglesia, en Zamora. Aquí me encontré con otra forma de vivir y mirar la Semana Santa: un pueblo, el camino hasta el cementerio y la llegada del Santo Entierro.

No tengo una secuencia completa de todo lo que ocurrió aquella tarde. Tengo las escenas a las que pude llegar, las que pude fotografiar y una espera que salió mucho mejor de lo que esperaba. Prefiero contarlo así, con el alcance que de verdad tuvo mi visita.

La vestimenta blanca y las capas alistanas

Al recordar Bercianos me venían a la cabeza las prendas blancas, las capas alistanas y una historia sobre quién confeccionaba aquella ropa. Pero tenía los detalles mezclados. No quería dar por bueno un recuerdo que ya no estaba claro.

La prenda blanca se conoce como vestimenta. Tradicionalmente se utiliza también como mortaja, la ropa con la que se entierra al cofrade. El estudio de José Luis Alonso Ponga explica que la cosían mujeres de la familia: madres, hermanas o esposas. También documenta una pertenencia histórica a la cofradía ligada a estar casado. Así que no sería correcto resumirlo como «blanco para solteros y capa para casados», ni atribuir siempre la costura a la novia.

Las capas alistanas me recordaban a las de la Hermandad del Cristo del Amparo, conocida como Capas Pardas, en Zamora. Ese parecido daba un punto de conexión con lo que conocía de la capital. Bercianos, sin embargo, me produjo una impresión muy distinta.

La vuelta al pueblo también está en el reportaje

Cuando la procesión regresó, me fui por delante y seguí haciendo fotografías como pude, esquivando a decenas de fotógrafos para no sacarlos en la imagen. En mi vida había visto tantos fotógrafos juntos.

Si tengo que explicar qué contiene el reportaje, lo diría así: algunas fotos del Descendimiento, hechas como pude; muchas de la llegada y del entorno del cementerio; y otras del regreso. Son las escenas de mi única visita a Bercianos.

Me gustó muchísimo. La sensación que conservo es la de haber viajado a otro siglo. Pero junto a esa impresión sigue estando la incomodidad de haber sido una más entre tantas cámaras. Recuerdo las dos cosas: lo especial de aquella procesión y la sensación de que habíamos ocupado demasiado espacio.

Me queda también el recuerdo de un bocadillo comido en el suelo, acompañada del sepulturero, mientras esperaba la llegada de una procesión que había tenido tantas ganas de ver y a la que tengo ganas de volver.

Si vuelvo, intentaré hacerlo con una acreditación y con el permiso del pueblo. Quiero fotografiarlo desde el más absoluto respeto, teniendo muy presente aquella sensación. Las ganas de hacer un reportaje bonito siguen ahí. También las de cuidar el espacio de quienes viven y celebran su Semana Santa en Bercianos.

Preguntas frecuentes

Sobre este artículo

Del Santo Entierro de Bercianos de Aliste, en 2017. Fue mi única visita al pueblo y a esa procesión; el relato conserva ese marco, sin presentar las fotografías como actuales.

El Viernes Santo por la tarde, después del Sermón del Descendimiento.

En la plaza junto a la iglesia de San Mamés. Ese es el emplazamiento que describe la hermandad; aquí no le atribuyo un nombre oficial de plaza que no he podido confirmar.

Hacia el Calvario, junto a la entrada del cementerio, por el Vía Crucis. Después regresa al templo. El nombre Calvario sitúa el destino del cortejo que fui a esperar.

No. Pude hacer algunas fotografías del Descendimiento, pero la mayoría son del entorno del cementerio y del regreso al pueblo. La cantidad de público condicionó mi cobertura de aquella visita.

No conviene deducirlo de una fotografía. El estudio citado documenta una relación histórica entre matrimonio y pertenencia a la cofradía; eso no convierte las prendas en una clasificación simple de cada participante.

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